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Artículo I
Realidad Vs. Inmortalidad.
Hay cosas afiebradas que suceden porque sí, otras que apenas si llegamos a intuir la mecánica de coincidencias y casualidades que obran para gestar un minúsculo acto, un encuentro.
Muchas veces suponemos que es el contexto lo que define la naturaleza y origen de un acto cualquiera, como si nos elidiéramos como sujetos del acto, como si no fuéramos más que espectadores pasivos dentro de la arbitraria dispersión de casualidades que nos depara la vida. Sin embargo actuamos y nos afirmamos en cualquier contexto, con rabia y desesperación, con impotencia y desdén, con miedo y entusiasmo, en definitiva, como podemos.
Podría decir que conocí a Moisés de una forma inesperada; en el peor de los contextos, en el contexto que se supone fagocitador de los anonimatos y de los falsos encuentros; sin embargo, nos conocimos por Internet como por obra de casualidad pero ambos afirmados en dos proyectos que en algún punto podían cruzarse y en algún punto ya estaban cruzados con antelación. Dos proyectos y dos escritores intentando de alguna manera afirmarse en la vida más allá de la posición pasiva a la que nos somete por momentos la realidad. Moisés, se esforzaba por dar a luz este libro, el inicio de su obra; yo por mi lado, comenzaba a gestar un espacio digital en el que pudiera dar expresión a mis arrebatos de librepensador y de psicólogo amateur.
Ambos nos conocimos en un punto de encuentro en una cita ineludible y que va más allá de las casualidades y de las propuestas: el esfuerzo por materializar un deseo.
No hace falta la concordancia de proyectos o el consenso tan promocionado, ni siquiera la trampa sutil de la tolerancia o el veneno artero de la prudencia. Cuando uno se afirma en un proyecto no puede evitar encontrarse con otro afirmándose en un proyecto; el entendimiento no es producto de la casualidad ni de la voluntad individual sino de estar simplemente parado sobre las propias huellas; todo lo demás es anecdótico y trivial. Podríamos decir, fue él o fui yo quien hizo tal o cual cosa pero estaríamos más que faltándole a la verdad negando la realidad que nos inmortaliza, a él, a mí y a todos nosotros; la inmortalidad del deseo de afirmarse en la vida, obstinadamente, por puro empecinamiento o como el amigo Moisés diría: siguiendo el impulso de negociar con la realidad.
Realidad Vs. Inmortalidad; dos grandes potencias se enfrentan tomando por escenario las fantasías del tiempo pero, también, la megalomanía del hombre y sus escenarios de fantasías afiebradas sin tiempo.
La realidad se enfrenta a la inmortalidad supuesta por el ideal humano que es reflejo de una existencia aquejada por el duro trámite de vivir como perdedores perdidos en el laberinto de las dudas y las tribulaciones frente al primer obstáculo que anuncia y denuncia que somos mortales.
Lo extenso de la mediocridad, ofrece pues, cebo y cobijo para toda alma aterida que –con tal de salvaguardar la poca de fantasía que le resta y que le cuelga como resto tras el enfrentamiento– ha decidido caer en el ostracismo, eligiendo perpetuarse en la rutina y en lo minúsculo, antes de tomar la piel de un gladiador iracundo y saltar con un grito afilado entre los dientes hincándole el colmillo a la realidad; exigiéndole y haciéndola retroceder.
Moisés A. Brador es él mismísimo, un resorte para fieras dóciles y unas palabras que hacen sudar a las fantasías afiebradas; por eso se recorta de sí mismo como el eco de una historia que lucha por liberarse de la tiranía de la realidad y que decide plantearse de igual a igual para exigir aquello que por derecho divino le es dado: lugar y tiempo para negociar con la realidad.
El comercio de lo físico y lo metafísico, de lo real y de lo ideal, entran a escena por momentos, figurándose tener el control, disponiéndose cada uno, como el amo de los razonamientos, endilgándole uno al otro, las dudas y el abatimiento; adueñándose de la voz que se desnuda en el texto, imponiéndole y reclamándole que elija uno y otro bando, adoptando la bandera que le es propia.
Pero, Moisés no retrocede ante el imperio de ninguno de estos poderes, por el contrario; sabe que todos ellos, precisan de su saliva para expresar su preeminencia y por lo tanto, los combina, los conjuga, los fuerza a comparecer uno contra el otro, cotejándolos, sacando a la luz, sus alianzas, sus relaciones ocultas, pateando el tablero de ajedrez eterno para luego sentarlos a todos y a cada uno, en una mesa de negociación, para poner en evidencia que si nos lo proponemos no solo podemos negociar con la realidad sino que además debemos hacerlo; para no perecer como huella en un camino intransitable.
Hay cosas afiebradas que suceden porque sí, otras que apenas si llegamos a intuir la mecánica de coincidencias y casualidades que obran para gestar un minúsculo acto, un encuentro.
Muchas veces suponemos que es el contexto lo que define la naturaleza y origen de un acto cualquiera, como si nos elidiéramos como sujetos del acto, como si no fuéramos más que espectadores pasivos dentro de la arbitraria dispersión de casualidades que nos depara la vida. Sin embargo actuamos y nos afirmamos en cualquier contexto, con rabia y desesperación, con impotencia y desdén, con miedo y entusiasmo, en definitiva, como podemos.
Podría decir que conocí a Moisés de una forma inesperada; en el peor de los contextos, en el contexto que se supone fagocitador de los anonimatos y de los falsos encuentros; sin embargo, nos conocimos por Internet como por obra de casualidad pero ambos afirmados en dos proyectos que en algún punto podían cruzarse y en algún punto ya estaban cruzados con antelación. Dos proyectos y dos escritores intentando de alguna manera afirmarse en la vida más allá de la posición pasiva a la que nos somete por momentos la realidad. Moisés, se esforzaba por dar a luz este libro, el inicio de su obra; yo por mi lado, comenzaba a gestar un espacio digital en el que pudiera dar expresión a mis arrebatos de librepensador y de psicólogo amateur.
Ambos nos conocimos en un punto de encuentro en una cita ineludible y que va más allá de las casualidades y de las propuestas: el esfuerzo por materializar un deseo.
No hace falta la concordancia de proyectos o el consenso tan promocionado, ni siquiera la trampa sutil de la tolerancia o el veneno artero de la prudencia. Cuando uno se afirma en un proyecto no puede evitar encontrarse con otro afirmándose en un proyecto; el entendimiento no es producto de la casualidad ni de la voluntad individual sino de estar simplemente parado sobre las propias huellas; todo lo demás es anecdótico y trivial. Podríamos decir, fue él o fui yo quien hizo tal o cual cosa pero estaríamos más que faltándole a la verdad negando la realidad que nos inmortaliza, a él, a mí y a todos nosotros; la inmortalidad del deseo de afirmarse en la vida, obstinadamente, por puro empecinamiento o como el amigo Moisés diría: siguiendo el impulso de negociar con la realidad.
Realidad Vs. Inmortalidad; dos grandes potencias se enfrentan tomando por escenario las fantasías del tiempo pero, también, la megalomanía del hombre y sus escenarios de fantasías afiebradas sin tiempo.
La realidad se enfrenta a la inmortalidad supuesta por el ideal humano que es reflejo de una existencia aquejada por el duro trámite de vivir como perdedores perdidos en el laberinto de las dudas y las tribulaciones frente al primer obstáculo que anuncia y denuncia que somos mortales.
Lo extenso de la mediocridad, ofrece pues, cebo y cobijo para toda alma aterida que –con tal de salvaguardar la poca de fantasía que le resta y que le cuelga como resto tras el enfrentamiento– ha decidido caer en el ostracismo, eligiendo perpetuarse en la rutina y en lo minúsculo, antes de tomar la piel de un gladiador iracundo y saltar con un grito afilado entre los dientes hincándole el colmillo a la realidad; exigiéndole y haciéndola retroceder.
Moisés A. Brador es él mismísimo, un resorte para fieras dóciles y unas palabras que hacen sudar a las fantasías afiebradas; por eso se recorta de sí mismo como el eco de una historia que lucha por liberarse de la tiranía de la realidad y que decide plantearse de igual a igual para exigir aquello que por derecho divino le es dado: lugar y tiempo para negociar con la realidad.
El comercio de lo físico y lo metafísico, de lo real y de lo ideal, entran a escena por momentos, figurándose tener el control, disponiéndose cada uno, como el amo de los razonamientos, endilgándole uno al otro, las dudas y el abatimiento; adueñándose de la voz que se desnuda en el texto, imponiéndole y reclamándole que elija uno y otro bando, adoptando la bandera que le es propia.
Pero, Moisés no retrocede ante el imperio de ninguno de estos poderes, por el contrario; sabe que todos ellos, precisan de su saliva para expresar su preeminencia y por lo tanto, los combina, los conjuga, los fuerza a comparecer uno contra el otro, cotejándolos, sacando a la luz, sus alianzas, sus relaciones ocultas, pateando el tablero de ajedrez eterno para luego sentarlos a todos y a cada uno, en una mesa de negociación, para poner en evidencia que si nos lo proponemos no solo podemos negociar con la realidad sino que además debemos hacerlo; para no perecer como huella en un camino intransitable.
Artículo II
El ser humano como autor.
El enfoque de Realidad Vs. Inmortalidad es simple; se trata de ver desde la óptica del ser humano como actor y autor de su propia vida sosteniendo alguna frustración entre el orgullo y la catarsis o bien, superando esa instancia tan común a la vida de todos nosotros en pos de lanzarse tras un objetivo claro y concreto: el objetivo de negociar con la realidad para obtener una nueva oportunidad.
En este punto, Moisés A. Brador, nos habla desde su experiencia personal, tomando como referencia una analogía entre las capacidades que exige el arte y la escritura y las capacidades que exige el mismo hecho de vivir, realizándose como persona, a todos y cada uno de nosotros. Es por eso que Moisés escribe para contrarrestar la creencia que las grandes oportunidades es un privilegio de pocos pero también para contrarrestar la creencia de que lo perdido en un momento dado de la vida se ha perdido del todo y para siempre.
Todo aquello que ha de ser importante para cada uno de nosotros está ahí, a nuestra disposición, si bien no con la forma original, sí como un resorte oculto y muy profundo que activa nuestra necesidad de recobrar aquello que hemos perdido en otra forma, en otro contexto. Moisés nos habla de las poesías de su adolescencia y se maravilla de ver que estas poesías que hubo de creer durante mucho tiempo que estaban “perdidas para siempre” en realidad actuaban como el motor que lo impulsa al acto mismo de escribir este libro.
El hecho de ser autor y actor de nuestras propias vidas es una verdadero desafío que exige de nosotros una actitud determinada frente a la vida y en particular frente a las dificultades que se erigen frente a la realización de nuestros deseos; es un desafío porque es más sencillo abatirse por el dolor de haber perdido y porque es mucho más fácil darle lugar a la frustración y navegar entre el orgullo y la catarsis, la queja y la pasividad.
La experiencia del hacer, de hacer algo con nuestras propias vidas puede aparecer como si estuviera mutilada para siempre o tan fuertemente condicionada que nos resulte imposible avanzar; pero, es tan solo una posición frente a la vida y a la realidad. Hay otra posible que solo es posible si nos decidimos a realizarla como tal.
Artículo III
Negociar con la realidad.
En la vida de Moisés como en la vida de todos nosotros hubo un golpe que fue él golpe. Aquello que lo condicionó de alguna manera a sostener la mirada con los ojos abiertos incluso ahí, donde lo que tenía para ver era tan solo un vacío, una pregunta capaz de horadar sus certezas, una duda capaz de arrasar su confianza, una certeza capaz de derrumbar sus idealizaciones; de alguna manera y mejor dicho, tal vez de la peor manera pasó desde la más temprana infancia de un escenario a otro, del escenario en el que siempre quisiéramos sostenerlos, alegres e inocentes, el escenario de la inmortalidad en el que tiempo, destino, suerte y realidad no son más que palabras del diccionario o elementos más o menos accesibles de nuestra fantasía al escenario real, al escenario que en general llamamos la realidad con mayúsculas; pasó de un escenario a otro, por el atajo más cruel y decididamente más concreto y efectivo: la muerte.
La conciencia de mortalidad se instauró de forma incisiva en su vida de la misma manera en que se establece la conciencia de la mortalidad en la vida de cada uno de todos nosotros, a través de una frustración intensa de sus idealizaciones, frustración intensa y duradera que le asigna a la realidad un matiz hostil y cruel, capaz de asestar sin pudor ni remilgos un duro golpe al deseo de ser inmortal.
Sin embargo, este mismo suceso, más o menos grave en términos generales pero igual de intenso en cada vida individual puede llegar a ser un verdadero signo de la necesidad de negociar con la realidad.
La realidad nos asesta un duro golpe a nuestro deseo de ser inmortal; nos evidencia la finitud y nos exige que nos resignemos en nuestras idealizaciones pero eso no quiere decir que no podamos pasar del deseo de ser literalmente inmortales al deseo de inmortalizarnos de alguna manera: Moisés nos dice: Negociar con la realidad es una forma de acceder a la inmortalidad.
Nos dice eso puesto que nos quiere evitar la alternativa nefasta de pasar de la frustración del deseo de ser inmortales a la negación de la vida; Moisés se esfuerza por mostrarnos que no es necesario abandonar los deseos y el ideal en cuanto signo de lo que deseamos y queremos, lo que hay que abandonar no es el objeto sino la forma idealista de conseguirlo.
En la vida de Moisés como en la vida de todos nosotros hubo un golpe que fue él golpe. Aquello que lo condicionó de alguna manera a sostener la mirada con los ojos abiertos incluso ahí, donde lo que tenía para ver era tan solo un vacío, una pregunta capaz de horadar sus certezas, una duda capaz de arrasar su confianza, una certeza capaz de derrumbar sus idealizaciones; de alguna manera y mejor dicho, tal vez de la peor manera pasó desde la más temprana infancia de un escenario a otro, del escenario en el que siempre quisiéramos sostenerlos, alegres e inocentes, el escenario de la inmortalidad en el que tiempo, destino, suerte y realidad no son más que palabras del diccionario o elementos más o menos accesibles de nuestra fantasía al escenario real, al escenario que en general llamamos la realidad con mayúsculas; pasó de un escenario a otro, por el atajo más cruel y decididamente más concreto y efectivo: la muerte.
La conciencia de mortalidad se instauró de forma incisiva en su vida de la misma manera en que se establece la conciencia de la mortalidad en la vida de cada uno de todos nosotros, a través de una frustración intensa de sus idealizaciones, frustración intensa y duradera que le asigna a la realidad un matiz hostil y cruel, capaz de asestar sin pudor ni remilgos un duro golpe al deseo de ser inmortal.
Sin embargo, este mismo suceso, más o menos grave en términos generales pero igual de intenso en cada vida individual puede llegar a ser un verdadero signo de la necesidad de negociar con la realidad.
La realidad nos asesta un duro golpe a nuestro deseo de ser inmortal; nos evidencia la finitud y nos exige que nos resignemos en nuestras idealizaciones pero eso no quiere decir que no podamos pasar del deseo de ser literalmente inmortales al deseo de inmortalizarnos de alguna manera: Moisés nos dice: Negociar con la realidad es una forma de acceder a la inmortalidad.
Nos dice eso puesto que nos quiere evitar la alternativa nefasta de pasar de la frustración del deseo de ser inmortales a la negación de la vida; Moisés se esfuerza por mostrarnos que no es necesario abandonar los deseos y el ideal en cuanto signo de lo que deseamos y queremos, lo que hay que abandonar no es el objeto sino la forma idealista de conseguirlo.
Artículo IV
Actitud frente a la vida: de la negación a la gratitud.
La expectativa frente a la Realidad, la vida y la muerte suele entristecernos y enfurecernos. Nos mal predisponemos frente a la vida puesto que la hacemos culpable de los arbitrios que las casualidades y los accidentes nos han hecho sufrir; esto nos lleva a reacción contra la realidad y de ahí, contra la vida. Nos lleva a negar la realidad y peor aún, a negar la vida tal y como se nos ofrece.
Es decir, reaccionamos contra la complejidad de la vida desde la llanura de nuestra afectación del momento sin entender que esta reacción ante la complejidad de la vida y la realidad nos afecta en nuestra inteligencia, en nuestra actitud frente a la vida, erigiéndose como un obstáculo real contra la posibilidad de desarrollar ese bien que todos buscamos la felicidad.
La actitud frente a la vida que Moisés nos propone en Realidad Vs. Inmortalidad es una verdadera exaltación de la gratitud en un doble sentido; la gratuidad de la vida y la gratitud por este bien que se nos ha cedido.
Esta es la actitud que nos puede llevar desde la postura de “vivir” negando a la realidad o bien, negándonos a la realidad y a la vida a una actitud positiva, capaz de darnos vuelta, tanto nuestros conceptos como las posibilidades con las que nos podemos encontrar en la vida para desarrollarnos como personas. No es fácil resignar la frustración ni el derecho que pretendemos legítimo de hacer de la frustración la bandera de justicia con la que nos sentemos a juzgar la vida y la realidad; no es fácil pero vale la pena, nos dice Moisés, porque no hacerlo, es una manera de sepultarse en vida. La gratitud frente a las capacidades que tenemos, porque las tenemos desde nuestro nacimiento, para transformar la realidad y superar los obstáculos debería ser la brújula que nos oriente en la vida. No es solo un buen propósito tener esta actitud frente a la vida sino es aquello que nos permitirá realmente producir cambios en nuestra vida. Moisés es un hombre que no teme expresar su religiosidad y su especial versión de su religiosidad y nos habla de la gratitud frente a la vida también en este sentido. Pero, haciendo hincapié no en lo religioso de la fe, sino en aquello que nos reúne como seres humanos, las dificultades que entrañan el vivir y la actitud que podemos asumir frente a ellas para superarlas.
La expectativa frente a la Realidad, la vida y la muerte suele entristecernos y enfurecernos. Nos mal predisponemos frente a la vida puesto que la hacemos culpable de los arbitrios que las casualidades y los accidentes nos han hecho sufrir; esto nos lleva a reacción contra la realidad y de ahí, contra la vida. Nos lleva a negar la realidad y peor aún, a negar la vida tal y como se nos ofrece.
Es decir, reaccionamos contra la complejidad de la vida desde la llanura de nuestra afectación del momento sin entender que esta reacción ante la complejidad de la vida y la realidad nos afecta en nuestra inteligencia, en nuestra actitud frente a la vida, erigiéndose como un obstáculo real contra la posibilidad de desarrollar ese bien que todos buscamos la felicidad.
La actitud frente a la vida que Moisés nos propone en Realidad Vs. Inmortalidad es una verdadera exaltación de la gratitud en un doble sentido; la gratuidad de la vida y la gratitud por este bien que se nos ha cedido.
Esta es la actitud que nos puede llevar desde la postura de “vivir” negando a la realidad o bien, negándonos a la realidad y a la vida a una actitud positiva, capaz de darnos vuelta, tanto nuestros conceptos como las posibilidades con las que nos podemos encontrar en la vida para desarrollarnos como personas. No es fácil resignar la frustración ni el derecho que pretendemos legítimo de hacer de la frustración la bandera de justicia con la que nos sentemos a juzgar la vida y la realidad; no es fácil pero vale la pena, nos dice Moisés, porque no hacerlo, es una manera de sepultarse en vida. La gratitud frente a las capacidades que tenemos, porque las tenemos desde nuestro nacimiento, para transformar la realidad y superar los obstáculos debería ser la brújula que nos oriente en la vida. No es solo un buen propósito tener esta actitud frente a la vida sino es aquello que nos permitirá realmente producir cambios en nuestra vida. Moisés es un hombre que no teme expresar su religiosidad y su especial versión de su religiosidad y nos habla de la gratitud frente a la vida también en este sentido. Pero, haciendo hincapié no en lo religioso de la fe, sino en aquello que nos reúne como seres humanos, las dificultades que entrañan el vivir y la actitud que podemos asumir frente a ellas para superarlas.
Artículo V
Alegorías de la vida:
Moisés, nos introduce en este capítulo de Realidad Vs. Inmortalidad en una aguda reflexión sobre la vida y el vivir, partiendo de una noción sencilla: asimilar la vida a las diversas acepciones de la palabra energía. Lo guía básicamente la idea de mostrar que la vida no es un regalo en el sentido de gratuidad y sin implicación por parte de nosotros. La vida es un regalo pero que hay que ganarlo, adquirirlo, es decir, es un regalo del cual nos debemos apropiar. Para ello, disponemos de verdaderas herramientas y recursos, tales como la creatividad y capacidad de negociar, la intuición y la fuerza literalmente hablando para llevar adelante este prístino objetivo. Para ello –señala Moisés– debemos pasar desde la mera aceptación de la realidad a la acción transformadora de la realidad.
En este sentido, el autor de Realidad Vs. Inmortalidad, nos advierte que debemos tener en cuenta que la vida misma tiene un aspecto circular y que esta circularidad de la puede transformarse en un círculo vicioso si nos entregamos a la inercia de la resignación.
La reflexión de Moisés, nos conduce también, a considerar la vida en su aspecto metafísico desde aquellos cuestionamientos básicos que nos planteamos cada uno de los seres humanos desde el principio de los tiempos; preguntas tales como ¿quiénes somos? ¿Por qué y de dónde y hacia dónde vamos? son tópicos universales que han llamado poderosa y angustiosamente la atención de la humanidad en diversos momentos y que exigen sino desentrañar su misterio –cosa imposible desde las limitaciones que nos son propias–, sí, tomar una posición al respecto. Si no tomamos una posición al respecto de estas preguntas trascendentales nos sentimos ahogados y perseguidos por éstas y obran de manera inhibitoria, quitándonos recursos y posibilidades para llevar adelante la negociación con la vida de manera tal de conquistar lo adverso de la realidad. Es por esto que el autor de Realidad Vs. Inmortalidad tampoco se detiene más de lo debido en reflexionar sobre estas cuestiones, tan solo se introduce en éstas, para rescatar su posición frente a la vida y encontrar aquello que la vida provee y que puede ser utilizado por cada uno de nosotros, así, tras reflexionar sobre esto, Moisés, se aviene a mostrarnos que la vida no solo nos iguala sino que además nos procura la posibilidad de ser libres y de crearnos y recrearnos en ella, cosa que nos muestra con un entusiasmo pedagógico a través de sus alegorías.
Moisés, nos introduce en este capítulo de Realidad Vs. Inmortalidad en una aguda reflexión sobre la vida y el vivir, partiendo de una noción sencilla: asimilar la vida a las diversas acepciones de la palabra energía. Lo guía básicamente la idea de mostrar que la vida no es un regalo en el sentido de gratuidad y sin implicación por parte de nosotros. La vida es un regalo pero que hay que ganarlo, adquirirlo, es decir, es un regalo del cual nos debemos apropiar. Para ello, disponemos de verdaderas herramientas y recursos, tales como la creatividad y capacidad de negociar, la intuición y la fuerza literalmente hablando para llevar adelante este prístino objetivo. Para ello –señala Moisés– debemos pasar desde la mera aceptación de la realidad a la acción transformadora de la realidad.
En este sentido, el autor de Realidad Vs. Inmortalidad, nos advierte que debemos tener en cuenta que la vida misma tiene un aspecto circular y que esta circularidad de la puede transformarse en un círculo vicioso si nos entregamos a la inercia de la resignación.
La reflexión de Moisés, nos conduce también, a considerar la vida en su aspecto metafísico desde aquellos cuestionamientos básicos que nos planteamos cada uno de los seres humanos desde el principio de los tiempos; preguntas tales como ¿quiénes somos? ¿Por qué y de dónde y hacia dónde vamos? son tópicos universales que han llamado poderosa y angustiosamente la atención de la humanidad en diversos momentos y que exigen sino desentrañar su misterio –cosa imposible desde las limitaciones que nos son propias–, sí, tomar una posición al respecto. Si no tomamos una posición al respecto de estas preguntas trascendentales nos sentimos ahogados y perseguidos por éstas y obran de manera inhibitoria, quitándonos recursos y posibilidades para llevar adelante la negociación con la vida de manera tal de conquistar lo adverso de la realidad. Es por esto que el autor de Realidad Vs. Inmortalidad tampoco se detiene más de lo debido en reflexionar sobre estas cuestiones, tan solo se introduce en éstas, para rescatar su posición frente a la vida y encontrar aquello que la vida provee y que puede ser utilizado por cada uno de nosotros, así, tras reflexionar sobre esto, Moisés, se aviene a mostrarnos que la vida no solo nos iguala sino que además nos procura la posibilidad de ser libres y de crearnos y recrearnos en ella, cosa que nos muestra con un entusiasmo pedagógico a través de sus alegorías.
Artículo VI
La muerte en el círculo de la vida.
“Entonces ¿por qué le tememos?” se pregunta Moisés. El argumento previo no importa puesto que hay miles de argumentos para confirmar el porqué temerle a la muerte; lo novedoso es cuestionar estas certezas sobre lo que parece obvio y natural.
Moisés para formular su pregunta radical, –radical puesto que subvierte la certeza más afianzada y radical también puesto que corresponde a una raíz, a la raíz de los grandes conflictos y reflexiones de la humanidad en el transcurso de su historia– se ubica en el más allá del apuro por vivir y en el más acá de las certezas que conforman la trama de lo que acierta a reconocer como una idealización de la muerte, la muerte tomada como sublimación y castigo, como signo punitivo, como el enrostramiento y la afrenta que la realidad nos hace para mostrarnos lo efímero de nuestros actos y voluntades, lo banal de nuestra finitud.
Avanzando por este sendero en el que los prejuicios y los miedos generalmente sacuden nuestros pasos, Moisés lanza la segunda gran pregunta, fuente de incertidumbre universal: ¿estamos listos para aceptar la sentencia a muerte?
A la muerte –nos dice Moisés– nos la podemos figurar como la última y gran parada en la vida a la que arribamos montados en el tren de la realidad y nos incita a sobreponernos a la verdad de su existencia y al límite que nos impone, sobreponernos a la muerte, sí, pero también sobreponernos a la tentación compulsiva de situar a la muerte como una falacia, como algo que no nos toca de cerca ni nos influye. Como grandes amantes de la vida –afirma Moisés– deberíamos ser unos expertos en lo que la muerte nos enseña como tal a pesar de que la palabra misma nos suene desagradable y la idea misma de la muerte nos resulte algo verdaderamente displacentero.
Conocer, y sobre todo: dejar de negar la existencia de la muerte en nuestra propia existencia y renunciar al interés compulsivo y temeroso de enmascarar la muerte y sus influencias, es una forma de acceder a la vida y a la re-valorización de la vida. Dicho de otra manera, el hecho de una existencia finita no le quita sentido a la vida individual, a lo que hacemos y somos, por el contrario, le confiere más valor a nuestros actos y decisiones, constituye una fuerza extra, un plus de sentido y significado, que podemos capitalizar para negociar con la realidad.
“Entonces ¿por qué le tememos?” se pregunta Moisés. El argumento previo no importa puesto que hay miles de argumentos para confirmar el porqué temerle a la muerte; lo novedoso es cuestionar estas certezas sobre lo que parece obvio y natural.
Moisés para formular su pregunta radical, –radical puesto que subvierte la certeza más afianzada y radical también puesto que corresponde a una raíz, a la raíz de los grandes conflictos y reflexiones de la humanidad en el transcurso de su historia– se ubica en el más allá del apuro por vivir y en el más acá de las certezas que conforman la trama de lo que acierta a reconocer como una idealización de la muerte, la muerte tomada como sublimación y castigo, como signo punitivo, como el enrostramiento y la afrenta que la realidad nos hace para mostrarnos lo efímero de nuestros actos y voluntades, lo banal de nuestra finitud.
Avanzando por este sendero en el que los prejuicios y los miedos generalmente sacuden nuestros pasos, Moisés lanza la segunda gran pregunta, fuente de incertidumbre universal: ¿estamos listos para aceptar la sentencia a muerte?
A la muerte –nos dice Moisés– nos la podemos figurar como la última y gran parada en la vida a la que arribamos montados en el tren de la realidad y nos incita a sobreponernos a la verdad de su existencia y al límite que nos impone, sobreponernos a la muerte, sí, pero también sobreponernos a la tentación compulsiva de situar a la muerte como una falacia, como algo que no nos toca de cerca ni nos influye. Como grandes amantes de la vida –afirma Moisés– deberíamos ser unos expertos en lo que la muerte nos enseña como tal a pesar de que la palabra misma nos suene desagradable y la idea misma de la muerte nos resulte algo verdaderamente displacentero.
Conocer, y sobre todo: dejar de negar la existencia de la muerte en nuestra propia existencia y renunciar al interés compulsivo y temeroso de enmascarar la muerte y sus influencias, es una forma de acceder a la vida y a la re-valorización de la vida. Dicho de otra manera, el hecho de una existencia finita no le quita sentido a la vida individual, a lo que hacemos y somos, por el contrario, le confiere más valor a nuestros actos y decisiones, constituye una fuerza extra, un plus de sentido y significado, que podemos capitalizar para negociar con la realidad.






